Augusto frunció el ceño y abrió la boca para protestar, pero Lucía se adelantó. Tomó el vasito de las manos de la enfermera con suavidad y se lo tendió al abuelo.
— Sin quejas, Augusto —dijo ella, con tono dulce pero autoritario—. Recuerde nuestro trato. Pastillas ahora, salud de hierro después. Y e