El pasillo del hospital olía a desinfectante industrial en el aire. Ella había pasado las últimas cuarenta y ocho horas cosida a la silla junto a la cama de Sofía, vigilando cada respiración errática como si su mera observación pudiera mantener vivo el corazón frágil de la niña. Las enfermeras pasaban con sus zapatillas de goma chirriando contra el linóleo, ajenas al peso que la aplastaba desde adentro, ese tipo de gravedad que no tiene nombre médico pero que te hunde igual.
Cuando finalmente l