—¡Detente!
El grito de Ella cortó el aire como cuchillo.
Al ver que el golpe fatal estaba por caer —podía ver la trayectoria, podía calcular el daño, podía imaginar la sangre—, ella miró de reojo a Sofía en la cama. La niña seguía dormida, pero su respiración era irregular, los monitores pitaban con ese ritmo sincopado que anunciaba peligro inminente. El instinto maternal venció al miedo, a la traición, a todo. No podía permitir que su sobrina presenciara aquella masacre, que despertara con el