POV de JOSÉ
El agua helada me cortaba la piel de las manos como si fueran mil pequeñas cuchillas de afeitar. El fregadero de la cocina de la posada Alpenrose estaba lleno hasta el borde con platos de cerámica gruesa y restos de comida que me daban náuseas, pero no aparté la vista. El dolor físico era un alivio; era la única forma que tenía de silenciar el ruido de mi propia mente.
—¡Vargas! ¡Muévete! Las mesas de la terraza se están llenando y no tenemos cubiertos limpios —gritó Hans, el dueño