Luc tomo en brazos a su hija, sus ojos eran tan negros como su cabello, y su piel tan blanca como la porcelana, la inocencia que se reflejaba en aquel rostro, lo aturdió.
— Es… perfecta, como tú. — susurro con tal de no despertar a la pequeña, mientras Nammi estaba agotada, sus ojos poco a poco se cerraban, aguantando lo suficiente, como para que le dieran un baño relajante y refrescante.
— Tengo sueño. — reconoció la castaña, viendo como Luc dejaba a la pequeña Paris en el cunero.
— Descansa a