Corría sin detenerme, mis patas golpeando la tierra húmeda mientras el viento aullaba en mis oídos. Mi instinto de madre me impulsaba más allá de cualquier límite, más allá del miedo y la desesperación. Cada vez que mis pensamientos se desviaban hacia mis hijos, el miedo me golpeaba con fuerza, pero sabía que no podía permitirme detenerme. Tenía que encontrarlos.
Nos habíamos movilizado rápidamente tras la noticia de su desaparición, pero el castillo y sus alrededores no ofrecían ninguna pista.