Mientras el pesado pergamino de la carta del rey se arrugaba en mi puño, la rabia que hervía en mis venas amenazaba con desbordarse. —Esto es una mierda. —Arrojé el documento ofensivo sobre la mesa del comedor, donde se deslizó por la madera pulida como una hoja atrapada en una tempestad.
—Cuida tus palabras, Freya. —reprendió mi padre suavemente desde la cabecera de la mesa, su mirada penetrante sostenía la mía como si intentara calmar la tormenta dentro de mí.
—¿Mi lenguaje? ¿Eso es lo que te