Ay no.
Los recuerdos del acoso y los paparazzi inundaron la cabeza de Ciabel antes de que ellos dijeran algo siquiera. Solo salió corriendo. Subió a su auto y arrancó a toda velocidad para volver a la casa. Entró, cerró con llave y tomó asiento en el sillón de la sala. Refregó su rostro, todavía agitada.
—Soy una idiota, maldición.
Esperaba empezar de cero en un país y continente diferente pensando que no sería reconocida. Error. Si había un estado en el que pudieran reconocerla incluso a un co