—¡Carajo!— Mariano gritó en el teléfono, —¡Todos ustedes se han ido y me han dejado solo en este maldito lugar!
Alejandro respondió tranquilamente:
—¿Y qué? ¿No estás tú ahí, frecuentando los bares todas las noches?
—¡Alejandro! ¡Maldita sea, no tienes corazón!— exclamó Mariano.
Alejandro respondió con calma:
—No, no lo tengo. Adiós.
Con eso, colgó el teléfono. Sin embargo, poco después de colgar, el teléfono sonó de nuevo.
Alejandro contestó:
—¿Qué sucede?
La recepcionista del piso de abajo