Siguiendo las órdenes de Nicolás, el médico comenzó a raspar la carne putrefacta de la espalda de Liliana. Con cada movimiento, ella se retorcía de dolor, sollozando incontrolablemente. Las lágrimas corrían sin cesar por su rostro.
Nicolás, incapaz de soportarlo más, apartó a una enfermera y se arrodilló junto a la cama, tomando la mano de Liliana con fuerza.
—Liliana, estamos aquí contigo. Aguanta un poco más, te vas a recuperar —susurró.
Como si hubiera escuchado a su hermano, Liliana pareció