—Miren —dijo Paloma de repente, deteniendo su descenso y señalando hacia la ventana, al edificio de enfrente—. Ese animal va a saltar.
En los ojos de Paloma había una sonrisa desquiciada.
Liliana y Mateo miraron en la dirección que Paloma señalaba.
En la azotea del edificio de enfrente, efectivamente había un hombre de complexión delgada pero con aspecto muy abatido.
Se tambaleaba en el borde de la azotea y, en cuestión de segundos, saltó. Ocho pisos, abajo solo había cemento.
Al caer, su cabeza