Desde el amanecer hasta el anochecer, y luego desde el anochecer hasta el amanecer.
Ximena yacía en el suelo, mirando débilmente hacia la rendija de la puerta, con las manos enrojecidas temblando sin cesar.
La pequeña y claustrofóbica habitación, junto con el constante temor a la muerte, socavaba su espíritu.
Si no hubiera sido por las tres vidas que llevaba en su vientre, temía que habría buscado su propia muerte.
Ximena cerró los ojos y la imagen de Alejandro se formó en su mente.
En esos días