Cruz se sentaba en mi habitación y leía mi diario todo el día y toda la noche sin comer ni beber.
Era como si me conociera de verdad por primera vez.
Cuando leía el momento de mi felicidad, se echaba a reír. Cuando leía el momento de mi tristeza, volvía a enrojecer los ojos.
Hasta que leyó todo el diario se dio cuenta de lo mucho que le quería antes.
Y toda mi tristeza venía básicamente de él.
Se acurrucó en el suelo y besó ligeramente el diario entre sus brazos como si me besara la cara: —Clara