—David, ¡bájate!
Pero él, con calma, levantó las manos y agarró sus delicados hombros, llevándola hacia él ni muy suave ni bruscamente. Antes de que Yaritza pudiera reaccionar, ya tenía agarrados sus delgados tobillos.
Asegurándose de que no estuviera herida, él la llamó: —Chiquilla.
Yaritza encontró nuevamente su mirada.
Sus ojos profundos giraban, con una comprensión intensa, como un abismo inquebrantable.
—Si hemos acordado un privilegio, no podemos retractarnos. Resérvalo por ahora, postérga