Él vio el temblor en sus manos, la mirada asustada, y creyó que era miedo, miedo de él, miedo de la cercanía y de lo que estaba por venir.
Apartó la mirada y se pasó la mano por el pelo. La distancia entre ellos era corta, pero parecía insuperable. Tras unos instantes, el tono de su voz sonó más contenido, casi cansado:
—Ha sido un día largo. Quizá sea mejor que descansemos.
Natalia intentó reaccionar, pero el nudo en la garganta no le dejó hablar. Quería decir que había esperado ese momento, q