Todavía en la habitación, mientras Natália descansaba con el hijo en brazos, Amália se acercó, con los ojos llenos de emoción que se negaban a desaparecer. Observó al pequeño en los brazos de su madre, tan sereno ahora, y sonrió.
—¿Y el nombre, hija mía? —preguntó con dulzura—. ¿Ya lo han decidido?
Natalia levantó la mirada hacia Fernando, que estaba a su lado, y ambos intercambiaron una sonrisa silenciosa y cómplice.
—Luis Fernando —respondió Natália, con voz firme y llena de significado.
Amal