Paula ya no era una novedad dentro de la Compañía de Rodeos César Oliveira.
Su nombre circulaba entre los competidores con respeto, no por favoritismo, sino por su postura firme, por su disciplina y por la forma en que afrontaba cada montada como si fuera un ajuste de cuentas consigo misma.
Aquella noche, la arena de Barretos estaba abarrotada. Las luces atravesaban el polvo suspendido en el aire, el locutor animaba al público y los tambores resonaban graves, marcando el ritmo del espectáculo.