Fernando entró en la oficina como un torbellino. Dejó caer el maletín sobre la mesa con fuerza y se dejó caer en la silla de cuero, respirando hondo.
La última persona a la que quería encontrarse aquella mañana era Paula.
Cerró los ojos, pero no encontró descanso. Las imágenes volvieron con violencia, como si alguien rebobinara una película que él no quería ver: las escenas en la cabaña aún lo atormentaban y luego Natália marchándose.
«Esto tiene que acabar», pensó.
Abrió los ojos, volvió a co