Fernando intentó relajarse en el sofá, pero le dolía todo el cuerpo. La cicatriz bajo el vendaje le latía, como consecuencia del largo viaje y del esfuerzo físico que había estado realizando desde que insistió en que le dieran el alta del hospital. Carlos, sentado en el sillón de al lado, observaba a su primo con preocupación.
—Estás agotado, Fernando —dijo, rompiendo el silencio—. Si sigues esforzándote así, acabarás abriéndote los puntos.
Fernando se pasó la mano por la cara.
—Lo sé. Pero no