Capítulo 71. El precio de la ambición.
Tercera persona.
El aire en el edificio abandonado de los Anderson era denso, impregnado de un olor a humedad, polvo estancado y el rastro metálico de la decadencia. Antonella Lombardo se abrazó a sí misma, sintiendo cómo el frío del concreto se filtraba a través de sus ropas, que ahora le parecían harapos comparadas con las sedas y pieles que solía vestir.
—Por poco —susurró para sí misma, y su voz resonó como un eco fantasmal en la inmensidad del salón vacío—. Por un maldito segundo pensé que