A David se le llenaron los ojos de lágrimas en un segundo.
— Esposa... antes estábamos bien, ¿no?
En el tiempo que andaba hipnotizado y sin recuerdos, nos llevábamos de maravilla.
— Dijiste que ibas a esperarme, que cuando me recuperara de las piernas, tal vez pensarías en volver conmigo.
— ¡Acepté ese trato porque no me quedaba de otra!
— ¡Lo hice por ti, esposa...! — dijo con cara de dolor.
Él sentía que como me había salvado, yo debía quedarme a su lado. Pero la verdad es que, aunque me haya