David antes lleno de ternura y algo de culpa, se volvió serio al escucharme decir eso.
—Esmeralda, ¿por qué insistes en hacerte la que no sabe?
—¿Qué debería saber yo pues? Si supiera algo, ¿crees que estaría aquí haciéndote preguntas?
Parecía incapaz de comprender cuánto lo detestaba. Si pudiera evitar decirle siquiera una palabra más, lo haría. Pero esta vez contuve la molestia que me hervía por dentro.
—David, sé que no me crees, pero te lo repito: después de mi caída, olvidé muchas cosas.
Él