TRAVIS DUMORT
Su puño ni siquiera me hizo cosquillas y, al ver que no me doblé de dolor, me sacó la lengua antes de aferrarse a las faldas de la señora Sartori, quien la vio con infinito amor maternal.
—Tal vez nos estamos precipitando —murmuró mi padre apenado, mientras mi rabia era reemplazada por curiosidad y sí, también ternura, una que la señora Sartori notó con satisfacción—. Aún son muy jóvenes.
—Tendrán mucho tiempo para conocerse —contestó ella con una sonrisa orgullosa—. Estoy segura