Cesare Santorini cogió de la mano a la joven vengativa que intentaba seguir los pasos rápidos y visiblemente nerviosos del hombre distinguido y siempre muy formal. ¿Qué le ocurría? No era Madson. No podía ser. La mujer que acababa de conocer era vengativa, burlona y poco a poco le estaba volviendo loco. Pero no era una locura buena. Su corazón estaba lleno de dudas, paranoia e inquietud. No eran los sentimientos ligeros que la mujer a la que tanto había amado le había transmitido, incluso con u