Cesare sintió que abrazaban su cuerpo y supo que no era quien él quería que lo hiciera. Aun así, sonrió ante el afecto porque su necesidad ya había llegado al límite y solo necesitaba un poco de contacto humano.
Sara sonrió como solía hacerlo, y los recuerdos de aquella época surgieron casi de inmediato en la mente del hombre alto del balcón de la mansión.
– ¿Estás bien? Pareces muy pensativo.
– Sí, estoy bien.
– He estado pensando en lo mucho que te echo de menos...
– Sí...
– Y he sido una