Despierto y me incorporo de golpe.
¡Maldita sea! ¿De dónde ha salido eso?
Me aparto el pelo de la cara y lo primero que hago es tocar con celeridad mis brazos, mis piernas y mi cabeza.
Suspiro aliviada.
Estoy bien, estoy entera, estoy a salvo. Aún así, el corazón me late con fiereza y me toma un largo instante intentar volver a la normalidad, sin que me tiemblen las manos por tremenda pesadilla.
Era un accidente. Pero ¿qué hay de todo lo que mi mente trajo consigo?
No tiene sentido alguno l