Delilah enrojeció después de decirlo e intentó ocultarle su rostro para que él no se percatara.
Su esposo estaba rígido, ella estaba pegada a su cuerpo y él mantenía los brazos sueltos como si evitara tocarla.
Esperó que la tomara de la cintura, que la llevara de nuevo a aquella habitación, pero él solo se quedó quieto.
Lo único que mostraba que la había escuchado fue el movimiento que hizo su nuez de Adán al tragar.
—No… ¿No tienes nada que decirme? —balbuceó y no le quedó otro remedio que apa