Capítulo 65.
Tianyu
El reloj digital de la pared de la suite marcaba las 3:42 de la madrugada del jueves.
El hospital estaba sumido en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el siseo neumático y rítmico del respirador artificial que mantenía con vida a mi esposa. Llevaba casi nueve horas sentado en la misma silla metálica, sin moverme, con la espalda rígida y los ojos fijos en el monitor de signos vitales. Mis hombres seguían custodiando el pasillo exterior como estatuas de piedra, pero dentro