Capítulo 30.
Yuna
Abrí los ojos con pereza. Afuera, el sol ya reclamaba su lugar, pero dentro de la habitación las cortinas seguían cerradas y la luz apenas se colaba entre las rendijas. Sentí un ardor punzante, el rastro de las profundas embestidas de Lin la noche anterior. Tenía marcas rojizas en las muñecas por las esposas y un dolor sordo me recorría las piernas.
—¿Cómo amaneciste? —escuché su voz ronca desde algún punto del cuarto.
—Adolorida y con el culo ardiendo —confesé.
Su risa resonó en cada esqu