Maxwell llegó al jardín de infantes justo a tiempo para recoger a los trillizos. Al abrir la puerta, se encontró con los tres niños, que al verlo se iluminaron de emoción.
Kensington se sentía igual de emocionado al verlos al fin.
—¡Papá! —gritaron al unísono, corriendo hacia él con los brazos abiertos.
Maxwell los abrazó con fuerza, dándoles con cariño aquel adoso dulce.
—¿Están listos para ir a un lugar genial? —inquirió, sonriendo mientras los miraba a los ojos.
—¡Sí! —respondi