Aimée
El trayecto se hizo en silencio. Un silencio denso, habitado, vibrante. Justin no me había dirigido una sola palabra desde que salimos de la oficina. Simplemente había tomado mi mano, como un cerrojo sobre mi voluntad, y me había guiado hasta su coche. Un sedán negro, vidrios polarizados, cuero impecable. Todo en él respiraba control. Y yo, en ese coche, era su secreto, su proyecto, su esclava voluntaria.
No le pregunté adónde me llevaba. No tenía derecho. Ni ganas. Bastaba una mirada suy