Nuevamente miraba para todos lados sin tener un rumbo definido. Mi impotencia era tanta que ya me daba lo mismo qué hacer o dónde ir.
Mientras lloraba y estilaba por la lluvia, la gente empezó a mirarme y sacar fotografías. Me volví loca, gritándoles que, por favor, se detuvieran y me dejaran tranquila.
—¡Tienen que parar! ¡Déjenme tranquila, por favor! —grité.
Nadie me escuchaba ni hacía caso, al contrario, mientras más les gritaba más gente llegaba a ver el circo.
Me sentí ahogada, así que sa