Llevaba tres días en el hotel encerrada. No podía parar de llorar.
Revisaba mi celular a cada rato con la ilusión de que Nicholas me hubiese escrito, pero nada.
Le escribí a Renato, quién me respondió con una llamada telefónica.
—Em, qué gusto escucharte.
—¿Cómo estás? —pregunté, deseando que me contara más de Nicholas, que de él mismo.
—Por lo que oigo, mejor que tú. ¿Qué te hizo ese idiota?
—¿No estás enterado?
—No, pero era obvio que algo ocurría, anda con un genio de los mil