—Tienes razón.
—Y... —se levanta y se dirige a un pequeño bar de aquí—. Considero que ya deberías saber de mí, ¿te imaginas que las personas se hubieran enterado que no sabes cuales son mis propiedades? —dice de regreso con una botella de champan y dos copas.
—Pues no soy interesada, ahí está tu respuesta —le aclaro.
—Obviamente no, vienes de una familia adinerada, pero deberías saberlo pues porque lo mío es tuyo, mientras estemos casados, así será —dice y se sienta al frente de mí.
—Entonces a