—Damián, eres un enfermo —escupió ella—. Lo siento, pero pensaste con tu estúpido miembro.
—Pues mi miembro es más grande que el de Julián.
—¿Qué demonios? —gritó.
—Quiero decir, los vi en la oficina de su padre… y yo soy mucho más grande que él —dije con tono serio.
Agarro la bandeja e intentó lanzármela; me cubrí la cara a toda prisa con las manos. —Tienes suerte de estar débil, pero tenemos que establecer unas reglas básicas.
—La primera regla: evitar hablar de penes.
—La segunda: no m