El rey cerró los ojos con fuerza, como si pudiera destrozar el pasado con su llanto.
—Y ahora —susurró Seung, su voz temblando de rabia y dolor—, la única mujer que te amó sin condiciones yace muerta a tus pies. Por tus manos. Por tu espada.
Acerco al niño a su pecho mientras se dirigió a la puerta
—Este niño no te debe nada.
Salió de la habitación con el niño apretado contra su pecho.
Detrás, el silencio se hizo más espeso.
El rey, solo, cayó al suelo, encorvado como un hombre anciano.
Con la