El viento de otoño barría los jardines del palacio con un susurro frío, como si el reino entero contuviera el aliento desde el día en que el rey partió al frente. A lomos de su corcel negro, y con la armadura negra de dragón bajo el estandarte real, se había marchado al amanecer, dejando tras de sí no solo su trono, sino también una corte expectante… y una esposa con el corazón en vilo.
La ahora reina, extranjera entre los muros de piedra de Hanyang, había permanecido en silencio durante los dí