Las noches en Joseon se han vuelto más largas desde que él partió. El eco de sus pasos todavía vive en los pasillos del palacio, pero su presencia… su calor… ya se ha desvanecido. Cada amanecer me recuerda que estoy sola entre estos muros de piedra, rodeada de sonrisas suaves que esconden dagas.
He perdido la cuenta de los días desde su partida. Pero sé cuántos amaneceres han pasado desde que el médico posó su mano sobre mi muñeca y murmuró, sin mirarme, la palabra que cambió mi destino: “vida”.
Estoy encinta.
Su hijo.
El hijo del rey.
Y aunque debería sentir gozo, o al menos alivio, lo único que me acompaña es una alerta sorda, como el zumbido de una campana rota en el fondo de mi pecho.
Yeonhwa dice que la corte está inquieta. Que los rumores ya se deslizan entre los pilares del palacio como viento en un campo de juncos. Que algunos dudan de mi virtud, de la sangre que llevo en las venas, de la legitimidad de esta nueva vida que crece en mi interior.
“No todos quieren que su hijo h