Las noches en Joseon se han vuelto más largas desde que él partió. El eco de sus pasos todavía vive en los pasillos del palacio, pero su presencia… su calor… ya se ha desvanecido. Cada amanecer me recuerda que estoy sola entre estos muros de piedra, rodeada de sonrisas suaves que esconden dagas.
He perdido la cuenta de los días desde su partida. Pero sé cuántos amaneceres han pasado desde que el médico posó su mano sobre mi muñeca y murmuró, sin mirarme, la palabra que cambió mi destino: “vida”.