Capítulo 98. A veces no es cuestión de lo que uno quiere.
Con esas palabras, Enrico, encendió el cerillo, lo tuvo un momento en sus manos, mientras no dejaba de mirar a Genoveva, hasta que terminó lanzándolo en su cuerpo.
Las llamas envolvieron rápidamente el cuerpo de Genoveva, silenciando sus últimos balbuceos. Enrico observó impasible cómo el fuego consumía a la mujer que tanto daño había causado. No había satisfacción en su mirada, solo una fría determinación.
—Asegúrense de que no quede nada de ella —ordenó a sus hombres—. Quiero que desaparezca