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Capítulo 4: ¿Quieres que consumemos nuestro matrimonio?

Capítulo 4: ¿Quieres que consumemos nuestro matrimonio?

Julian no sabía exactamente por qué había vuelto a la casa principal.

O tal vez sí lo sabía, pero se negaba a admitirlo: necesitaba verla.

Desde que Chloe pronunció la palabra "divorcio" en la oficina, una extraña y asfixiante ansiedad se le había instalado en el pecho, obligándolo a romper sus propias reglas.

En tres años de matrimonio, él había dormido en esa residencia menos veces de las que Chloe podía contar con una mano. Julian prefería refugiarse en su propio departamento, un espacio privado que no compartía con ella, manteniéndose lo más lejos posible de la vida conyugal que detestaba. Cada vez que él ponía un pie en esa casa, la noche terminaba en una amarga discusión y con Chloe llorando en la cama de invitados.

Por eso, verlo parado allí en ese momento la dejó completamente estupefacta.

—¿Qué haces aquí?

Él se quitó el saco del traje y lo arrojó con indiferencia sobre el sofá.

Chloe se hizo a un lado rápidamente para no estorbarle el paso, cuando ella tomó sus cremas, dispuesta a marcharse y dejarle el espacio libre, él soltó la pregunta que lo carcomía por dentro.

—¿Conseguiste la aprobación del abuelo?

Chloe lo miró y asintió levemente.

—Sí. Respecto a tu familia...

A Julian se le tensó la mandíbula.

No sabía por qué ahora le molestaba tanto escucharlo de su boca. Él mismo había pasado tres años dejándole claro que ella no era, ni sería nunca, una verdadera Kingston.

Pero ahora que ella lo asumía con tanta naturalidad...

—...me encargaré de que estén de acuerdo —continuó ella, haciendo una pausa deliberada antes de agregar con una acidez apenas contenida—. Después de todo, llevo tres años perfeccionando el arte de convencer a los Kingston de cosas que no quieren. Esta será la última vez, así que puedes estar tranquilo.

—Bien —respondió él secamente, aflojándose el cuello de la camisa.

Chloe observó el gesto; ese movimiento familiar que dejaba a la vista su cuello masculino y parte de su pecho. Durante tres años había aprendido a no reaccionar, a fingir que su arrolladora presencia no la afectaba.

Pero la realidad era otra, por eso apretó los dedos alrededor del frasco que sostenía y se giró hacia la salida.

—Me voy a la otra habitación —anunció, dirigiéndose a la puerta.

Sin embargo, al abrirla, se topó de frente con el ama de llaves de la casa, quien estaba descaradamente pegada a la madera intentando escuchar.

—Señora Chloe... —El ama de llaves sonrió con visible incomodidad—. La señora Evelyn llamó hace un momento; me pidió que le preguntara si necesitaban algo. Bueno... ya es tarde, así que no los interrumpo más para que el señor Julian y usted puedan descansar.

Dicho esto, la mujer cerró la puerta a toda prisa.

De pie junto a la entrada, Chloe cerró los ojos por un momento, agobiada.

Por supuesto, Evelyn nunca perdía una oportunidad para presionar.

Se giró hacia Julian con una sonrisa tensa que apenas ocultaba su frustración.

—Me iré en un rato. Seguramente tu madre insiste en que... —Tragó saliva, sintiendo cómo las palabras se le atascaban en la garganta como espinas—. Insiste en que tú y yo... —No pudo terminar la frase.

Julian la ignoró por completo.

Se quitó la camisa y comenzó a buscar ropa en el enorme vestidor con el torso al descubierto, cada músculo de su espalda moviéndose bajo la piel con esa gracia natural que siempre había poseído.

Chloe desvió la mirada rápidamente, clavando los ojos en la pared opuesta.

Estaba demasiado acostumbrada a eso, a que no le respondiera, que ignorara sus llamadas y que borrara sus mensajes era el lenguaje cotidiano de su matrimonio. Al principio le dolía tanto que pasaba noches enteras llorando en silencio, avergonzada de recordar cuánto había suplicado por una miserable migaja de su atención.

Pero el dolor constante eventualmente cauteriza las heridas, y ahora ya se sentía anestesiada.

O al menos eso se decía a sí misma.

Julian tomó un pantalón cómodo y se encerró en el baño.

Al verlo entrar, dejó escapar un largo y tembloroso suspiro. Se llevó una mano al pecho, donde el corazón le latía con un dolor sordo y familiar. Todo en esa casa se sentía sofocante; aquella atmósfera siempre la hacía sentir como si le debiera algo muy grave a Julian, como si su mera existencia fuera una ofensa imperdonable para él.

Se preguntaba qué demonios había hecho para merecer tanto desprecio.

«Enamorarte de él», susurró una voz cruel en su mente. «Ese fue tu verdadero error».

El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando él salió del baño, vistiendo solo un pantalon de chandal gris, con el cabello húmedo cayendo de forma rebelde sobre su frente.

Para su sorpresa, Chloe aún no se había marchado a la habitación de invitados; estaba sentada con las piernas cruzadas en el sofá, completamente concentrada trabajando en su computadora portátil.

Él la observó con su habitual frialdad, pero una nueva oleada de frustración se agitó en su pecho. No esperaba que realmente hubiera conseguido la aprobación del abuelo tan rápido. Durante tres años, el viejo patriarca se había negado rotundamente a considerar un divorcio, y de repente, ella lo lograba en una sola tarde.

¿Qué le había dicho? ¿Qué le había prometido?

Y lo que más lo irritaba y alimentaba su ansiedad: a él nunca le había importado lo que ella hiciera.

¿Por qué ahora, precisamente cuando ella quería irse, no podía dejar de pensar en eso?

Viendo lo mucho que ella valoraba su trabajo y su puesto como vicepresidenta, se preguntó si de verdad sería capaz de renunciar a todo por firmar esos papeles.

Quizás esto era solo otro juego.

Quizás había subestimado su capacidad de manipulación.

La idea lo enfureció más de lo que quería admitir.

Chloe no se percató de que él había salido; por un momento olvidó por completo la presencia de su marido, absorta en los números y proyecciones que llenaban su pantalla. Solo cuando escuchó sus pasos demasiado cerca, notó que la observaba.

Se levantó de inmediato, sosteniendo la computadora contra su pecho como si fuera un escudo.

—Tu madre y los demás ya deben estar dormidos —dijo con una voz cuidadosamente modulada—. No te quito más el tiempo para que puedas descansar.

Pero en cuanto sus pies tocaron el suelo, el entumecimiento la traicionó.

Perdió el equilibrio y cayó sentada de golpe en el sofá, provocando que la laptop resbalara de sus manos, de inmediato, se inclinó hacia adelante para masajearse la pierna con dedos temblorosos.

—Mierda... —susurró entre dientes.

Como llevaba una pijama de seda bastante holgada, al inclinarse de esa manera, el escote se deslizó hacia un lado. El movimiento dejó al descubierto la curva de su pecho, revelando una piel blanca como la porcelana y una silueta que derrochaba una sensualidad inocente pero innegable.

La mirada de Julian fue directamente allí, y una oleada de calor crudo e inesperado lo atravesó por completo.

Maldición, pensó.

Había pasado tres años negándose a tocarla por orgullo, por principios.

Pero su cuerpo parecía no haberse enterado de sus reglas.

Al ver esa piel expuesta y la forma en que sus dedos se hundían en su propia carne para aliviar el calambre, algo primitivo despertó en él.

Siempre le había parecido atractiva —solo un ciego no lo notaría—, pero se había obligado a ignorarlo.

Ahora, su propia biología lo traicionaba, respondiendo a ella de una manera que lo enfurecía.

¿Divorcio? ¿De verdad quería el divorcio, o todo esto era una elaborada estrategia para bajarle la guardia y meterlo en su cama?

En ese momento, Chloe levantó la vista con las mejillas teñidas de un rosa avergonzado. Se apresuró a ajustarse la pijama con una mano mientras seguía masajeando su pierna con la otra.

—Se me durmió la pierna —explicó con voz entrecortada, sin notar la peligrosa oscuridad en los ojos de él—. Estuve sentada mucho tiempo...

Julian sintió la ira burbujeando sin control.

Tomó la toalla con la que se había estado secando el cabello y la arrojó con brusquedad al suelo.

—Chloe, ¿qué clase de truco estás intentando jugar ahora?

—¿Truco? ¿Crees que esto es un truco? —Ella se puso de pie, tambaleándose ligeramente, pero se negó a mostrar debilidad—. Dime, Julian, ¿qué parte exactamente? ¿La parte donde conseguí exactamente lo que tú querías? ¿O la parte donde me dio un calambre por estar trabajando hasta las dos de la mañana para no estorbarte en tu propia casa?

Su voz subió de tono, y cada palabra salió afilada como un cuchillo.

Al no obtener respuesta, retrocedió un paso, envolviendo sus brazos alrededor de sí misma como si de pronto tuviera frío.

—Tranquilo. No voy a lanzarme sobre ti. Nunca lo he hecho, y no voy a empezar ahora que estamos por firmar el divorcio.

Aunque, aparentemente, hasta respirar en tu presencia ya te parece demasiado provocativo.

Se dio la vuelta dispuesta a marcharse, pero entonces, él la agarró.

El contacto fue eléctrico.

Los dedos de Julian se hundieron en la seda de la pijama, quemando a través de la tela. Con un movimiento brusco, tiró de ella y la pegó contra su cuerpo, tan cerca que Chloe pudo sentir cada línea dura de su torso presionándola.

—¿Crees que no sé lo que estás haciendo? —Su voz bajó a un susurro oscuro y peligroso—. ¿Crees que no veo tu juego? ¿Es eso lo que quieres, Chloe? ¿Quieres que consumemos nuestro matrimonio de una vez por todas?

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maryta saboya tangoava ser demasiado tarde cuando la pierdas.
maryta saboya tangoaJulián eres un tarado , por no reconocer lo que sientes
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