El primer ataque llegó antes del amanecer.
No fue un golpe frontal, sino una filtración lenta, como gas invisible colándose por debajo de la puerta.
Un comentario.
Luego diez.
Después cien.
Cuando desperté, mi nombre ya no era solo un nombre: era un campo de batalla.
—Mirá esto —dijo Valen, deslizando su laptop hacia mí—. Arrancó hace seis horas.
En la pantalla, mi rostro multiplicado hasta el infinito.
Titulares falsos.
Perfiles sin alma.
Cuentas recién nacidas repitiendo el mismo discurso con