Me alejé un poco con la clara intención de torturarle. Ese infante aprendería por las buenas o las malas que lo importante no se retrasa.
—No te acerques —le canturrié negándole con un dedo y con ese mismo, le señalé un punto en la cama: el lugar donde ya se encontraba para que se quedara quietecito allí.
Sin tardar demasiado, apilé las almohadas contra el espaldar y me coloqué sobre ellas, abriendo bien las piernas.
De ese modo, demandé:
—Tócate.
Él entrecerró sus ojos y apretó la mandíbula, pe