Me alcanzó rápido, justo cuando abrí la puerta de mi coche y la cerró de golpe sosteniendo su agarre y penetrándome otra vez con sus ojos de acero.
—¡No te vas a ir! —zanjó con premura.
—¡¿Perdón?! —Me solté de un tirón.
Empuñó sus manos y vi que las abrió y cerró varias veces, como intentando calmarse. Luego habló más suave.
—No te vayas.
—¿Por qué? ¿No querías la casa? Cómprala, allí la tienes. Debo irme pronto, deberías quedarte para que arregles hoy mismo la documentación.
—No. —Se acercó