Ningún sujeto desagradable.
Libia estaba sentada en su sofá con el rostro blanquecino, sus manos temblorosas y su boca seca hacían notar que el pánico cada vez se apoderaba más de ella. Iba a morir, o mejor dicho, sería asesinada y de una manera horrible.
—Eso debe ser un chiste cruel —dijo, abrazándose a sí misma.
Esteban negó con la cabeza ¡Esa señora no dejaba en paz a Libia, ni en la tumba!
—Encontraremos una solución —aseguró Natalia.
—¡No! No deben meterse en esto. No quiero perjudicarlos, le diré a Dorantes, tal ve