—¿Mi teléfono? —preguntó con molestia.
—Sí, señora —respondió el joven, apenado, mientras sus ojos seguían en el suelo.
—¿Por qué?
—El señor no me dio esa información.
—¿Y si no quiero, qué vas a hacer? —se apresuró a indagar con la vista fija en él—. ¿Me lo vas a quitar a la fuerza? ¿Esas fueron las órdenes del “señor”?
El guardia se quedó en silencio.
—Yo solo cumplo con lo que se me pide, señora Lison.
—Exacto. Lo has dicho muy bien. Yo soy la señora Lison. Y mis órdenes tambié