Libia miraba por la ventana, tenía su atención fija en aquel terreno baldío frente a ella, en donde antes estaba un edificio de diez pisos destruido. En los últimos seis meses se cuestionó el porqué no era demolido. Y ante su inexistencia, sintió que algo le faltaba.
—¿Todo está bien? —Tiodor la sujetó del hombro con delicadeza.
Su visita resultó sorpresiva y grata.
—Sí —aseguró Libia sin apartar su vista del lote.
—¿Quieres comer?
—No, estoy bien, no debías venir —se volvió hacia él—. No me