Más tarde esa noche, el sonido de una llave girando en la cerradura me sacó de mis pensamientos inquietos. La puerta se abrió con un leve chirrido y Bell entró, llevando una bandeja con comida y un vestido cuidadosamente doblado sobre el brazo. Su expresión era tranquila pero reservada, sin revelar nada de lo que pudiera venir después.
Dejó la bandeja sobre la pequeña mesa junto a la ventana y colocó el vestido con cuidado sobre la cama.
—El señor Rodríguez vendrá por ti pronto —dijo con un ton