Mis ojos bajaron casi contra mi voluntad. Su complexión era grande, ancha, poderosa. El traje que llevaba le abrazaba los hombros y el pecho a la perfección, la tela ligeramente estirada como si hubiera sido hecho solo para su cuerpo. Se movía con confianza… demasiada confianza. Su postura no era casual: era deliberada, firme, como si estuviera reclamando un espacio que no le pertenecía y desafiando a cualquiera a quitárselo.
Y luego estaba la parte de su rostro que podía ver.
Una ligera barba