Llenando el marco de la puerta como si fuera el dueño de toda la habitación, como si esto hubiera sido su plan desde el principio. Se apoyó contra el marco con la facilidad de alguien que pertenecía a todas partes, incluso a lugares donde no debería estar. Su máscara seguía cubriéndole el rostro: negra y afilada, con bordes que captaban el tenue resplandor de la lámpara. Lo hacía lucir más peligroso, casi irreal, como una figura salida de una pesadilla y, sin embargo, demasiado perfecta para se