10. Una loba desobediente
Lyra
El silencio después es peor que los gritos.
Regreso a la habitación escoltada por dos guardias que no me miran a los ojos. Sus pasos resuenan detrás de mí como un recordatorio constante de que no pertenezco a este lugar, de que ahora soy algo que se transporta, que se exhibe, que se guarda.
Cuando la puerta se cierra a mis espaldas, el sonido es seco. Definitivo.
Me apoyo contra la madera con la espalda y dejo que el aire salga de mis pulmones en un temblor que no logro controlar. Las piern